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viernes, 16 de noviembre de 2007

DÍA 5 --- EILEAN DONAN CASTLE - ISLA DE SKYE



A pesar del cansancio que día a día nos iba haciendo mella, esa noche no dormimos muy bien y no fue en ningún caso por que la cama fuera incómoda . Yo me tuve que levantar en un par de ocasiones a poner una toalla en la ventana ya que, en las casas escocesas es muy raro ver persianas o cortinas, si acaso un fino visillo apenas evita que se filtre la claridad.

La primera vez que me levanté, estaba amaneciendo y miré incrédulo mi reloj. ¿Cómorl? Las 5 de la madrugada.... ¿y ya era de día?
Pues sí amigos. En esa época del año y a esas latitudes, las noches no superan las 5 horas así que, si teneis pensado ir a Escocia en Junio y sois medio vampiros como yo, mejor que os lleveis un antifaz si quereis dormir a pierna suelta.

Medio desvelados por culpa de la toalla que no hacía más que caerse, a las 7 y media ya estábamos en pie, vestidos, duchados y dispuestos a zamparnos nuestro 4º desayuno escocés, acompañado de unos huevos fritos tan perfectos, que parecían de juguete.


Terminaba así nuestra estancia en aquel acogedor bed and breakfast llamado Bannerman, donde una vez más nos trataron de maravilla.
El precio por dos noches, 110 libras. Una relación calidad/precio excelente.


Tras despedirnos de la dueña y de su perro Hugo, metimos el equipaje en el coche para emprender rumbo hacia la isla de Skye.
Teniendo en cuenta que también se le conoce como la isla de la niebla, nos temimos lo peor al ver lo nublado que había vuelto a amanecer el día.


Pero antes de dejar Inverness, tuvimos la ocasión de comprobar una vez más la gentileza de los escoceses al entrar en una tienda de informática y pedir que nos pasaran las fotos de las tarjetas a un pen drive que nos habíamos llevado.
El chaval que nos atendió, aparte de tomarse la molestia de copiarnos las fotos (que eran muchísimas) y contarnos cositas interesantes sobre Inverness, no quiso cobrarnos nada. De nada valió insistir, así que estés donde estés, muchas gracias amiguete.


Para ir hasta Skye sin renunciar a nuestra visita al Eilean Donan Castle, nos vimos obligados a tomar de nuevo la A82.
El día anterior ya nos habíamos dado una buena ración de lago Ness, así que esta vez prestamos más atención al lado derecho de la carretera.
En una de nuestras paradas decidimos adentrarnos en la espesura del bosque donde casi por casualidad, nos encontramos con esta impresionante cascada, una de las varias que alimentan a Loch Ness con sus belicosas aguas.


Fue la única parada que hicimos hasta llegar a las proximidades de las Five Sisters, una pequeña cordillera con cinco montañas predominantes y muy similares entre sí. De ahí el curioso nombre de las cinco hermanas.


Lo de la altura de las montañas es uno de los efectos ópticos más singulares de Escocia . Al arrancar de suelo llano y hacerlo desde practicamente el nivel del mar, da la impresión de que todas las montañas son altísimas, cuando rara vez superan los 1.000 metros. Tal vez en el vídeo os podeis hacer una mejor idea.




Las montañas que rebasan los 900 metros se conocen como munros y según dicen, uno no puede marcharse de Escocia sin haber coronado al menos uno de ellos.
Nosotros no quisimos ser menos, aunque al final solo nos quedamos en el intento. O tal vez no.
¿Este conato de munro no cuenta?


Hay casi 290 munros desperdigados por toda Escocia y peregrinar a ellos es uno de los pasatiempos preferidos de los escoceses. Incluso nos contaron que hay una pequeña élite de senderistas que se vanaglorian de haberlos subido todos.
La verdad es que las vistas desde ahí arriba deben ser impresionantes.


Tan impresionante como la enorme brecha que divide este munro llamado The Saddle (la silla de montar), por donde no paran de bajar enormes torrentes de agua.



Ya faltaba poco para llegar a nuestro primer destino del día pero antes Mari Carmen quiso dar rienda suelta a su insólito complejo de Maria Antonieta a punto de ser guillotinada, sacando su cabeza por el techo solar del coche y filmando esta panorámica del lago Duich y las Five Sisters.







A las 12 de la mañana, habíamos llegado al Eilean Donan Castle, una fortaleza que empezó a construirse en el año 1220, siendo escenario de innumerables batallas que lo dejaron en ruinas hasta que en 1912, un ricachón escocés del clan McRae decidió comprarlo y restaurarlo.

Al igual que torre Eiffel de París o la pirámide de Keops en Egipto, puede que este sea el lugar más emblemático (al menos el más fotografiado) de toda Escocia.
Si además hace un sol tan radiante como el que apareció a media mañana, su imagen reflejada en el agua lo convierte en una especie de lugar hipnótico que consigue que no te canses de mirarle.


Aparte de su belleza natural y su idílico emplazamiento en el lago Duich, el Eilean Donan Castle se ha hecho famoso por servir de escenario para una buena colección de películas. Entre las más conocidas están "Los Inmortales" (Highlander) o "El Mundo Nunca es Suficiente" de 007.


No lo hemos dicho hasta ahora, pero en cualquier oficina de turismo y por solo 15 libras, se puede adquirir un bono que permite visitar gratis un sinfín de castillos y monumentos oficiales. Al final sale rentable, aunque para el Eilean Donan Castle no sirve.
La entrada cuesta 7 libras, pero son muy pocos los que se resisten al magnetismo del castillo, aunque solo sea por cruzar el mítico puente en el que tantos personajes ilustres han dejado su huella.





El interior del castillo está decorado con un gusto exquisito y está repleto de figuras a tamaño natural que hacen más real la sensación de haber viajado hacia atrás en el tiempo.

Tampoco estaba permitido hacer fotos del interior, aunque hartos de ser tan sumamente cívicos, decidimos transgredir un poco la ley.



Para no ser delatados por el flash, solo tuvimos que desactivarlo y poner la cámara en modo ISO-400 con unos resultados más que aceptables. Ay si lo llegamos a saber antes!!!




















Como podeis ver en las fotos, todo está cuidado al máximo detalle. Las descripciones de cada rincón del castillo estan repartidas en folletos en varios idiomas y muy bien explicadas. Si a todo eso le sumamos sus románticas vistas al lago desde el interior, la visita al Eilean Donan se convierte en inexcusable.



A la 1 y media de la tarde reemprendimos la marcha hacia la isla de Skye, cuyo único acceso por carretera se encuentra en la localidad de Kyle Of Lochalsh, donde hay que atravesar un impresionante puente curvado llamado (como no podía ser de otra forma) Skye Bridge.


La primera toma de contacto con Skye no es todo lo espectacular que uno espera, pero solo basta adentrarse unas cuantas millas para empezar a comprender el por qué la isla consigue enamorar a tanta gente.
Skye está repleta de paisajes cambiantes y es muy gratificante ver como después de cada curva, te espera una sorpresa diferente. A veces hay sol, a veces no. En ocasiones predomina el color verde y en otras la vegetación es practicamente nula.
Una de las cosas que más impactan es la sensación de quietud, solo rota en ocasiones por los cazas Tornado de la Royal Air Force Británica que rasgan el cielo con su ensordecedor vuelo rasante.



Teníamos intención de recorrer la isla de cabo a rabo, pero enseguida nos dimos cuenta de que iba a ser una misión imposible por varias razones.
La primera es que el tamaño de la isla es muy engañoso y hay tantas cosas que ver que literalmente, no da tiempo.
La otra razón son las angostas carreteras y la multitud de ganado suelto que hay que ir esquivando. Esto ralentiza bastante la marcha.
Exceptuando la ruta principal que conduce a Portree (única "ciudad" de la isla), el 90% de las carreteras en Skye son de un solo carril para los dos sentidos y hay que estar parando constantemente en los passing place, donde uno acaba con la mano dormida de tanto saludar al conductor que cede el paso.
Esto, que puede resultar tedioso, se entiende mejor cuando miras alrededor y haces comunión con el entorno. Entonces comprendes que debe ser así, que debe mantenerse cierto equilibrio para que este tesoro natural no se contamine.
Y por eso, no es de extrañar que las cabras sean tan felices allí.


Decidimos bordear la península de Trotternish, que es una de las zonas más agrestes de Skye y al mismo tiempo una de las que más atractivos ofrecen.
Empezamos recorriendo la costa oeste hasta llegar a Uig, un pequeño pueblo costero muy famoso por su cerámica, donde paramos a comer. De allí salen los ferrys con destino a las Hébridas Exteriores.











Unas millas más adelante, dimos un paseo por el desangelado puerto de Kilmuir comprobando que los pueblos en la isla de Skye, más que pueblos son mosaicos de pequeñas granjas o crofts muy distantes una de otra.










Muy cerca de Kilmuir se encuentra el Skye Museum of Island Life, un pequeño poblado con casas de estilo celta, construidas en piedra y con techos de paja. A pesar de que el acceso al interior de las mismas se encontraba cerrado (ya sabeis, eran más de las 5), pudimos pasar a recorrer el recinto sin ningún problema.


Junto al mismo, se encuentra un pequeño cementerio con unas evocadoras vistas al infinito océano donde reposan los restos del Flora McDonald, famosa por protagonizar un sonado romance con el entonces aspirante al trono Bonnie Prince Charlie, al que consiguió salvar de la horca ocultándole en su casa.
Mira que maja la muchacha.


Este es el punto más septentrional de toda la isla y a partir de aquí la carretera empeora todavía más, serpenteando paralela a la costa en un suave, pero peligroso descenso.



Hay que conducir con mucho tacto si no quieres perderte deliciosos panoramas, como éste que hay en las cercanías de Staffin.


La indómita isla de Skye, tan perversa y caprichosa con el clima, nos estaba brindando un día de sol totalmente inesperado, cosa que agradecimos ya que de lo contrario hubiera sido muy difícil distinguir entre sus perpetuas nieblas el Old Man of Storr, un impresionante monolito de basalto que se alza exultante con sus 55 metros de altura.



Este es uno de los tesoros naturales más representativos de Skye junto a otras maravillas como Kilt Rock, que desgraciadamente nos pasamos de largo.
Aquí tenemos el video correspondiente a el Viejo de Storr, un extenso documental de 20 segundos.





Tras pasar largo rato paralizados ante la belleza de aquellas agujas rocosas, decidimos seguir inyectándonos kilómetros y bajar hasta el extremo sur de la isla, concretamente hasta un lugar llamado Elgol con el fin de contemplar las Cuillins, una cordillera atípica en Escocia por la forma ahusada de sus picos que recordaba en cierto modo a las tenebrosas montañas que aparecen en el Señor de los Anillos.



A simple vista en el GPS, parecía estar cerca pero tardamos más de una hora en recorrer 40 millas que nos parecieron eternas.
Aparte de las Cuillins en la distancia, solo vimos ovejas y cabras. No había nada más en Elgol.
Elgol el que nos metieron a nosotros, jajajajaja. Pero siguió mereciendo la pena.
Ese día el clima estaba bastante apacible, pero viendo la inclinación de estos árboles nos pudimos hacer una clara idea de como deben ser allí los días de viento.
Seguro que hasta los coches llevan ancla.


En algún lugar de Internet, recuerdo haber leido a alguien que describía (de manera muy acertada por cierto), la experiencia de recorrer Escocia como: "estar viviendo en una maqueta del Ibertren".
Nosotros tuvimos la misma sensación durante muchas veces, pero nunca tan intensa cuando de regreso a Portree, nos encontramos con este espectacular paisaje de mar y montaña.
Era lo más parecido a una postal viviente que había visto en mi vida.


Tras otra hora de conducción temeraria (forzosa) y un sinfín de saludos a los demás conductores, llegamos a Portree con la intención de cenar allí. Nos habían dicho que era uno de los sitios donde mejor marisco se comía DEL MUNDO. Pero claro, por enésima vez la luz solar volvió a engañarnos y a las diez de la noche, todo los restaurantes ya estaban cerrados.
Todos menos uno, aunque cuando vimos los precios, curiosamente se nos quitaron las ganas de marisco de repente.

Ya que estábamos allí no quisimos desperdiciar la ocasión de dar un fugaz paseo por la calle principal y las cercanías del puerto, albergando la esperanza de que algún centollo descarriado asomara la cabeza.


Al cabo de diez minutos ya habíamos llegado al otro extremo de Portree
Teniendo en cuenta que esta es la localidad más poblada de Skye, imaginaos como son las demás.
Desde allí pudimos contemplar con mejor detalle el encanto que ofrecían sus casitas de colores y las barcas varadas en la playa.
Era insufrible ver tantos paisajes bonitos. Llegaba a ser cruel. Alguien debía parar esto porque ya no podíamos con más.



Al final fué nuestro lugar de alojamiento quien terminó rompiendo el hechizo, ya que al llegar al hotel nos encontramos con una habitación un tanto cochambrosa, con una decoración horrenda y un cuarto de baño que parecía del siglo XIX.
Algo decepcionante para tratarse del hotel que más caro nos costó de todo el viaje (120 libras una sola noche), pero bueno había que ver el lado positivo.
Al menos tenía cortinas.


Una verdadera lástima ya que de puertas para afuera de la habitación, todo era maravilloso.
El Skeabost Hotel está enclavado en un sitio de ensueño a orillas del coqueto lago Snizort, rodeado de unos cuidadísimos jardines y campos de golf y con un aspecto exterior digno de un 5 estrellas.


Antes de irnos a dormir, quisimos dar un paseo por la parte trasera del hotel para bajar las rebanadas de pan con Nutella que habíamos cenado (otra vez) y como no, para contemplar la puesta de sol.
Nos hizo compañía un turista inglés muy majete que se encargó de recordarnos que era 21 de Junio, solsticio de verano y que por eso anochecía tan tarde.
Sé que cuesta creerlo pero eran casi las 12 de la noche cuando hicimos esta foto.


Sin lugar a dudas, uno de los crepúsuculos más largos y bonitos que jamás hemos visto. Incluso más que los atardeceres de los que disfrutamos casi a diario en nuestro Valle del Tiétar.... y eso ya es decir mucho.
Si no hubiera sido por las nubes de mosquitos que nos acosaban sin piedad, tal vez estaríamos hablando de uno de los momentos más románticos de toda nuestra vida.


jueves, 15 de noviembre de 2007

DÍA 6 --- ISLA DE SKYE - NEIST POINT - LAGO MORAR - GLENCOE



A pesar del descontento por el tema de la habitación, hemos de reconocer que dormimos como lirones en aquella gigantesca cama.

A las 8.00 estábamos en pie y nuestro cabreo disminuyó al ver que había amanecido totalmente despejado. Hacía un día precioso.
Seguidamente nos encaminamos hacia aquel salón de lujo totalmente acristalado, muy al estilo de los años 20, a ver que nos daban para desayunar.


Nada que objetar con el desayuno ni con la simpática chica que nos atendió, salvo un pequeño incidente (culpa mía) al confundir "ham" (jamón, bacon) con "haddock" (abadejo). Este pequeño lapsus gramatical fue el causante de que Mari Carmen terminara mirándome con cara de asesina al verse obligada a desayunar haddock with eggs, o lo que es lo mismo, huevos con abadejo.



Mientras desayunábamos y nos reíamos comentando la anécdota (Mari Carmen no tanto), observamos una vez más que los británicos no solo hacen las cosas al revés cuando conducen. También les gusta llevar la contraria con el tema de los saleros. Ya era nuestro 5º desayuno y no había lugar para la duda. Ellos ponen la sal en el salero que tiene un solo agujero y la pimienta en el que tiene muchos. Maneras de complicarse la vida ¿no creeis?


Tras desayunar y mandar un e-mail a los amiguetes para darles un poquito de envidia, pagamos la cuenta no sin antes exponer nuestro desagrado a la recepcionista, sobre todo por el olor a moho que desprendía nuestro cuarto de baño.
Aunque se mostró sorprendida, la tía era mala actriz y solo acertó a decir "really? I´m Sorry".
Ntchss...No se puede hacer uno el sueco siendo escocés, joer.

Dejamos el Skeabost Hotel con una sensación agridulce , casi sin mirar atrás.
En ese momento nada hacía presagiar que volveríamos a verlo de nuevo, ya que después de recorrer 25 millas y sin saber el verdadero motivo (llámalo intuición, llámalo 5º sentido), me dí cuenta de que no llevaba el móvil encima y tuvimos que deshacer lo andado sin saber realmente si lo había perdido en el hotel.
Afortunadamente el teléfono se encontraba allí y pudimos recuperarlo, pero la imprevista julitada retrasó nuestros planes en algo más de una hora.


Eran casi las 11 de la mañana cuando llegamos al Dunvengan Castle, el castillo mejor conservado de la isla de Skye, conocido también como el castillo de los duendes, las hadas y la buena suerte.
¿No se lo creen? .....Pues pasen y vean.


Durante más de 1.000 años, el Dunvengan Castle ha sido la residencia del clan McLeod y para no ser menos que sus homólogos, está envuelto en leyendas.
Es el típico castillo con almenas, foso y fantasma, igualito igualito que el Exin Castillos.
Rebosa historia por los 4 costados y está muy bien acondicionado, aunque sinceramente, a la fachada exterior no le vendría mal una manita de pintura
.


Y por dentro, pues ya veis como se las gastan con el mobiliario.
No hay duda de que los McLeod no han visto el catálogo IKEA en su vida.










Pero el objeto tal vez más valioso de todo el castillo es un pequeño trozo de seda conocido como la "Fairy Flag", cuyo origen data de muchos siglos atrás.
Se dice que esta tela llena de remiendos, protegía a los miembros del clan y que solo la sacaban de su escondrijo para arropar a los primogénitos nada más nacer.
En una de las inscripciones, pudimos leer que algunos soldados escoceses llevaban una fotografía de la "Fairy Flag" mientras combatían en la 1ª Guerra Mundial para que les trajera suerte.
Esto es lo que aún se conserva de ella.


Antes de salir del castillo compramos algunos souvenirs, entre ellos una preciosa jarra cervecera de acero inoxidable tallada a mano con inscripciones y motivos celtas.
Nos costó la friolera de 35 libras, pero un capricho es un capricho.

Una vez en el exterior, quisimos hacer algunas fotos donde se pudiera apreciar mejor la magnificencia del Dunvengan Castle, que se halla a los pies de un apacible lago con el mismo nombre que el castillo.


Desde allí, parten pequeñas excursiones en motora donde por 15 libras te aseguran que ves focas de cerca o de lo contrario te devuelven el dinero. Nosotros ya habíamos tenido bastante con la recepcionista del Skeabost, así que preferimos dar un paseo por los jardines adyacentes, que prometían bastante.
No había más que echar un ojo a este viejo bote para darse cuenta de que lo de la jardinería en Escocia es algo más que un hobby.


Vimos muchos jardines en Escocia pero los Dunvengan Gardens fueron los que más nos gustaron con diferencia.


Puede que no fueran tan opulentos como los de Glamis o Balmoral, pero desde luego eran muchísimo más variados. Incluso había zonas donde daba la sensación de estar en medio de una selva amazónica.


Pero lo mejor de todo eran las flores. Las había grandes y pequeñas, de todos los colores y formas imaginables. Preciosas todas.
Gracias a ellas, nos dimos cuenta de los excelentes macros que era capaz de conseguir nuestra modesta, pero versátil cámara.
Merece la pena pinchar sobre las fotos para verlas en grande.




























Por desgracia para nosotros, se acercaba el momento de romper el hechizo de Skye y abandonar aquella isla tan misteriosa como fascinante, siendo conscientes de que dejábamos allí parte de nuestro corazón.
Pero aún disponíamos de cuatro horas antes de coger el ferry que nos habría de llevar a Mallaig y pensamos que no sería mala idea ir hasta el faro que había en la punta más occidental de la isla. Nos habían dicho que no debíamos perdernos
Neist Point por nada del mundo.


Para llegar hasta allí tuvimos que hacerlo a la viaja usanza, preguntando a los lugareños y consultando los mapas. No creais que el sitio está bien indicado y las diferentes guías de viaje que consultamos apenas si lo mencionaban. Ni siquiera el GPS parecía tener idea de qué era aquello y nos tocó sortear el peor tramo de carreteras de toda Escocia.
Además de las estrecheces, nos encontramos con curvas y pendientes muy pronunciadas y más cabras que en todos los capítulos de Heidi juntos.

Menos mal que no tuvimos ningún percance con el coche ya que por aquellos lares no había rastro de presencia humana que hubiera podido ayudarnos. No me quiero imaginar lo que hubiera supuesto por allí un pinchazo o una rotura del embrague. Pero claro, eso lo piensas luego.
En España tenemos Cabra Mecánica, pero allí....
no sé yo.

Viendo que una de ellas se nos quedaba mirando fijamente como si nos conociera de toda la vida, nos atrevimos a preguntarle: "-. Excuse me Mrs. Goat, can you tell us where is Neist Point, please?-"
A lo que la cabra respondió en un perfecto inglés: "Baaaaaaaaaaaaaaaaaa"
Esa fué toda la ayuda que nos prestó.


Supimos que íbamos por buen camino gracias a la orografía del terreno, que se correspondía con lo que íbamos viendo en el mapa. Al llegar a la altura de este pequeño lago de nombre desconocido, nos dimos cuenta de que estabamos a punto de llegar a Neist Point.
Si no llega a ser por las gafas de sol, se nos hubieran caido los ojos al suelo de tanto abrirlos para contemplar esta maravilla:



Ya habíamos visto algunas fotos de este lugar en Internet y nos encantó. Y ahora que lo teníamos delante, no podíamos creer que de verdad estuviéramos allí.
Mari Carmen tuvo que pellizcarme varias veces para convencerme de que no estaba soñando.
Que pena no haber tenido un ala delta en ese momento para sobrevolarlo.


Ante el irresistible encanto de parajes como éste, nos convencimos de que por muy pequeños que sean algunos lagos, no tienen nada que envidiar a goliats como el lago Ness o el lago Lomond en lo que a belleza se refiere. Como en otras cuestiones de la vida, la calidad venció ante la cantidad.

Pero no solo nos cautivó el lago. No había más que girar un poco la cabeza para recibir como una amable bofetada el impacto visual de los acantilados de la bahía de Moonen. La expresión de nuestras caras debía parecerse mucho a la del Dr. Alan Grant cuando ve el primer dinosaurio en Parque Jurásico.
Estábamos como en una nube y podría jurar que pocas veces en mi vida me he sentido tan desconectado del mundo.


Un par de millas más adelante, la carretera se termina de repente convirtiéndose en un estrecho sendero que solo se puede recorrer a pie y que conduce hasta el faro de Neist Point. A simple vista, el faro no se ve porque se encuentra detrás de un enorme peñón y para llegar hasta él hay que recorrer un trayecto de 4 kms. ida y vuelta.
Parece que está ahí mismo, pero si os fijais en los dos senderistas de la parte de abajo de la foto, comprobareis las verdaderas dimensiones de esta colosal roca.


Para llegar hasta allí, tuvimos que bajar una empinadísima pendiente no apta para personas con vértigo. Pero tardamos menos de lo que esperábamos en alcanzar el desfiladero. Otra cosa muy distinta fué la vuelta, donde casi echamos el hígado subiendo la dichosa rampa.
En cualquier caso, el esfuerzo merece la pena y hay que hacer este sacrificio si queremos disfrutar de unas vistas increíbles, aunque para fotografíar los acantilados haya que jugarse el tipo reptando hasta el mismo borde del abismo.


En días tan despejados como el que tuvimos la suerte de tener, se pueden ver a lo lejos las Hébridas Exteriores.


Quizá el faro es lo menos interasante de todo lo que alberga Neist Point. Llamán más la atención las curiosas formas que el mar y el paso del tiempo han ido esculpiendo en las rocas, convirtiéndolas en un rompecabezas geológico alucinante.












También nos resultaron muy curiosas las diferentes figuras de piedras amontonadas que había repartidas por todo el litoral, cuyo significado nunca llegamos a averiguar.












Antes de descender a Neist Point, una pareja de viejecitos nos comentó que habían visto delfines saltando muy cerca de las rocas, pero nosotros no vimos niguno.
No nos resulto raro lo de los delfines. Nos sorprendió aún más que los dos ancianos hubieran tenido el arrojo de caminar por aquellas piedras y subir la cuesta!!. Ver para creer.

Nos hubiéramos quedado allí más tiempo mirando aquel inmenso mar azul en busca de algún delfín, pero se acercaba la hora de coger el ferry y tuvimos que emprender el camino de regreso hacia el coche, mientras ambos coincidiamos en que Neist Point era lo más impresionante que habíamos visto en lo que llevábamos de viaje.
Y pensar que estuvimos a punto de perdernos todo esto........


Todavía conmocionados por lo que acabábamos de ver, pusimos rumbo hacia el sur atravesando longitunidalmente la isla de Skye, en un trayecto que duró algo más de hora y media hasta llegar a Armadale, el pequeño puerto de donde salen los ferrys con destino a Mallaig.


Afortunadamente, llegamos puntuales. Incluso nos dió tiempo a tomar un tentempié mientras espérabamos turno para meter los coches en el barco.
No había demasiada cola y embarcamos sin problemas, aunque uno de los encargados nos comentó que en los meses de Julio y Agosto o en fin de semana, coger plaza en un ferry es una auténtica lotería.
Tuvimos suerte y nuestro Megane viajó la mar de cómodo


El trayecto hasta Mallaig duró 35 minutos y nos costó 35 libras incluyendo los dos pasajes y el coche. Un ahorro considerable de tiempo y dinero si tenemos en cuenta la enorme vuelta que hubiéramos tenido que dar para salir de Skye y poner rumbo a Helensburgh, que era donde dormíamos esa noche.

Mientras dejábamos atrás Skye y su siuleta se iba difuminando en el horizonte, tuvimos la ocasión de experimentar un nuevo cambio estacional y rendirnos una vez más ante lo espectacular de los cielos escoceses.













Nunca habíamos visto caer un aguacero de esa magnitud en pleno mar y aunque esquivamos la tormenta por los pelos, sirvió para que nuestro mini-crucero se convirtiera en una de las experiencias más intensas del día.


Tras desembarcar en Mallaig, decidimos hacer una parada 5 millas más adelante para contemplar uno de los lugares más singulares de Escocia: White Sands of Morar.


En este bellísismo lugar situado en la cola del lago Morar, cualquier lógica pierde su sentido. Nos dió la sensación de estar en una playa caribeña rodando un anuncio de Malibú, al caminar por su finísima arena blanca y mirar sus apacibles aguas translúcidas.
Las pequeñas embarcaciones ancladas, aumentaban todavía más esa sensación.


Nos parecía mentira que esas tranquilas aguas formaran parte de Loch Morar, el lago más profundo de toda Escocia con simas de hasta 350 metros.
Al igual que Loch Ness, este lago también tiene una leyenda sobre un habitante submarino llamado Morag. La diferencia es que al encontrarse entre montañas de difícil acceso, no ha tenido el mismo tirón turístico que su rival.
Una lástima, ya que su entorno nos pareció igual de atractivo que Loch Nes precisamente por lo distinto que era.
El contraste entre sus aguas verdeazuladas, las amenazantes nubes negras y los rayos del sol, creaban un caleidoscopio cromático muy difícil de describir.



Como todavía teníamos un poco de hambre, escogimos las embriagadoras orillas de Morar para montarnos un pequeño picnic. Allí estuvimos descansando un rato hasta que el lugar se llenó de gaviotas en busca de rapiña.
No tenían ningún reparo en acercarse a escasos metros de donde estábamos y acabaron siendo tan numerosas, que al final nos obligaron a marcharnos.













Eran casi las seis de la tarde y aún nos encontrábamos a 120 millas de nuestro destino final, así que nos pusimos en marcha con idea de hacer todo el recorrido de un tirón. Las carreteras eran ya bastante más decentes y el viaje se hizo más llevadero.
Volvimos a pasar de nuevo por Fort William y el Ben Nevis , pero sin detenernos. Solo hicimos una parada cerca de un lugar llamado Onich para tomar un cafetito y ya de paso, ver su iglesia.


Eran aproximadamente las siete de la tarde cuando empezó a caer una lluvia fina que coincidió con nuestro paso por Glencoe, una zona muy abrupta y montañosa a la que Charles Dickens describió como "hogar de una raza de gigantes".
En aquellas tierras tuvo lugar la triste masacre del clan McDonald en 1692.


Otro de los atractivos de Glencoe es el valle por donde discurre zigzagueante la carretera, donde la naturaleza se abre paso explotando con toda su furia. Los numerosos torrentes de aguas salvajes y la verticalidad de aquellas cumbres acabaron estremeciéndonos, hasta el punto de que Mari Carmen decidió otorgar a Glencoe el primer premio de belleza paisajísitica.


De esta manera tan sublime, decíamos adiós a las Highlands, las tierras altas de Escocia que tantas emociones nos habían hecho sentir. Seguro que alguna lagrimilla mal disimulada se sumó a los impetuosos arroyos de Glencoe sin que nos diéramos cuenta.


Nada más abandonar Glencoe, dejó de llover y un tímido sol apareció para lanzar destellos sobre el pequeño Loch Tulla.


A partir de aquí, el relive del terreno fue aplanándose y empezaron a desaparecer las verdes montañas, dejando paso a una extensa campiña que fué practicamente constante hasta la llegada a nuestro hotel en Rhu, una pequeña localidad limítrofe con otra más grande llamada Helensburgh.


Eran más o menos las 9 de la noche cuando llegamos, viendo con sorpresa que estaba anocheciendo a un horario lógico. Puede parecer una chorrada, pero se notaba la diferencia de latitud.

En el Rooslea Country Hotel nos estaban esperando. Tenían todos nuestros datos a punto y no es por dar publicidad, pero nos quedamos maravillados ante la eficacia de las reservas hechas a través de booking.com.
En el tema de los alojamientos, todo estaba funcionando como un reloj.

Nada más entrar al hotel, vimos que estaba en obras de remodelación y nos temimos lo peor. Sin embargo nos llevamos una grata sorpresa cuando uno de los botones nos condujo a una habitación ultra-moderna, con unas instalaciones poco menos que de lujo donde disfrutamos de una buena ducha, té con galletas, una excelente pantalla LCD de 40 pulgadas y unas vistas maravillosas a la bahía de Gare Loch.

Hicimos fotos del hotel y de la bahía, pero la tarjeta de memoria se averió echando a perder unas cuantas fotos de Rhu y de nuestra visita del día siguiente al lago Lomond. Solo pudimos recuperar por software algunas de Helensburgh.
Una pena.

Nos fuimos pronto a la cama. Habían sido muchas las millas que recorrimos ese día. Muchas emociones juntas.
Antes de quedarnos dormidos, estuvimos recordando todo lo que habíamos visto y los dos coincidimos en que había sido la mejor jornada de todas, la que más nos había marcado.
Nada podía superar aquello, aunque visto lo visto, cualquiera se atrevía a afirmar algo tan contundente.

Antes de la medianoche, habíamos caido rendidos por el cansancio.