jueves, 15 de noviembre de 2007

DÍA 6 --- ISLA DE SKYE - NEIST POINT - LAGO MORAR - GLENCOE



A pesar del descontento por el tema de la habitación, hemos de reconocer que dormimos como lirones en aquella gigantesca cama.

A las 8.00 estábamos en pie y nuestro cabreo disminuyó al ver que había amanecido totalmente despejado. Hacía un día precioso.
Seguidamente nos encaminamos hacia aquel salón de lujo totalmente acristalado, muy al estilo de los años 20, a ver que nos daban para desayunar.


Nada que objetar con el desayuno ni con la simpática chica que nos atendió, salvo un pequeño incidente (culpa mía) al confundir "ham" (jamón, bacon) con "haddock" (abadejo). Este pequeño lapsus gramatical fue el causante de que Mari Carmen terminara mirándome con cara de asesina al verse obligada a desayunar haddock with eggs, o lo que es lo mismo, huevos con abadejo.



Mientras desayunábamos y nos reíamos comentando la anécdota (Mari Carmen no tanto), observamos una vez más que los británicos no solo hacen las cosas al revés cuando conducen. También les gusta llevar la contraria con el tema de los saleros. Ya era nuestro 5º desayuno y no había lugar para la duda. Ellos ponen la sal en el salero que tiene un solo agujero y la pimienta en el que tiene muchos. Maneras de complicarse la vida ¿no creeis?


Tras desayunar y mandar un e-mail a los amiguetes para darles un poquito de envidia, pagamos la cuenta no sin antes exponer nuestro desagrado a la recepcionista, sobre todo por el olor a moho que desprendía nuestro cuarto de baño.
Aunque se mostró sorprendida, la tía era mala actriz y solo acertó a decir "really? I´m Sorry".
Ntchss...No se puede hacer uno el sueco siendo escocés, joer.

Dejamos el Skeabost Hotel con una sensación agridulce , casi sin mirar atrás.
En ese momento nada hacía presagiar que volveríamos a verlo de nuevo, ya que después de recorrer 25 millas y sin saber el verdadero motivo (llámalo intuición, llámalo 5º sentido), me dí cuenta de que no llevaba el móvil encima y tuvimos que deshacer lo andado sin saber realmente si lo había perdido en el hotel.
Afortunadamente el teléfono se encontraba allí y pudimos recuperarlo, pero la imprevista julitada retrasó nuestros planes en algo más de una hora.


Eran casi las 11 de la mañana cuando llegamos al Dunvengan Castle, el castillo mejor conservado de la isla de Skye, conocido también como el castillo de los duendes, las hadas y la buena suerte.
¿No se lo creen? .....Pues pasen y vean.


Durante más de 1.000 años, el Dunvengan Castle ha sido la residencia del clan McLeod y para no ser menos que sus homólogos, está envuelto en leyendas.
Es el típico castillo con almenas, foso y fantasma, igualito igualito que el Exin Castillos.
Rebosa historia por los 4 costados y está muy bien acondicionado, aunque sinceramente, a la fachada exterior no le vendría mal una manita de pintura
.


Y por dentro, pues ya veis como se las gastan con el mobiliario.
No hay duda de que los McLeod no han visto el catálogo IKEA en su vida.










Pero el objeto tal vez más valioso de todo el castillo es un pequeño trozo de seda conocido como la "Fairy Flag", cuyo origen data de muchos siglos atrás.
Se dice que esta tela llena de remiendos, protegía a los miembros del clan y que solo la sacaban de su escondrijo para arropar a los primogénitos nada más nacer.
En una de las inscripciones, pudimos leer que algunos soldados escoceses llevaban una fotografía de la "Fairy Flag" mientras combatían en la 1ª Guerra Mundial para que les trajera suerte.
Esto es lo que aún se conserva de ella.


Antes de salir del castillo compramos algunos souvenirs, entre ellos una preciosa jarra cervecera de acero inoxidable tallada a mano con inscripciones y motivos celtas.
Nos costó la friolera de 35 libras, pero un capricho es un capricho.

Una vez en el exterior, quisimos hacer algunas fotos donde se pudiera apreciar mejor la magnificencia del Dunvengan Castle, que se halla a los pies de un apacible lago con el mismo nombre que el castillo.


Desde allí, parten pequeñas excursiones en motora donde por 15 libras te aseguran que ves focas de cerca o de lo contrario te devuelven el dinero. Nosotros ya habíamos tenido bastante con la recepcionista del Skeabost, así que preferimos dar un paseo por los jardines adyacentes, que prometían bastante.
No había más que echar un ojo a este viejo bote para darse cuenta de que lo de la jardinería en Escocia es algo más que un hobby.


Vimos muchos jardines en Escocia pero los Dunvengan Gardens fueron los que más nos gustaron con diferencia.


Puede que no fueran tan opulentos como los de Glamis o Balmoral, pero desde luego eran muchísimo más variados. Incluso había zonas donde daba la sensación de estar en medio de una selva amazónica.


Pero lo mejor de todo eran las flores. Las había grandes y pequeñas, de todos los colores y formas imaginables. Preciosas todas.
Gracias a ellas, nos dimos cuenta de los excelentes macros que era capaz de conseguir nuestra modesta, pero versátil cámara.
Merece la pena pinchar sobre las fotos para verlas en grande.




























Por desgracia para nosotros, se acercaba el momento de romper el hechizo de Skye y abandonar aquella isla tan misteriosa como fascinante, siendo conscientes de que dejábamos allí parte de nuestro corazón.
Pero aún disponíamos de cuatro horas antes de coger el ferry que nos habría de llevar a Mallaig y pensamos que no sería mala idea ir hasta el faro que había en la punta más occidental de la isla. Nos habían dicho que no debíamos perdernos
Neist Point por nada del mundo.


Para llegar hasta allí tuvimos que hacerlo a la viaja usanza, preguntando a los lugareños y consultando los mapas. No creais que el sitio está bien indicado y las diferentes guías de viaje que consultamos apenas si lo mencionaban. Ni siquiera el GPS parecía tener idea de qué era aquello y nos tocó sortear el peor tramo de carreteras de toda Escocia.
Además de las estrecheces, nos encontramos con curvas y pendientes muy pronunciadas y más cabras que en todos los capítulos de Heidi juntos.

Menos mal que no tuvimos ningún percance con el coche ya que por aquellos lares no había rastro de presencia humana que hubiera podido ayudarnos. No me quiero imaginar lo que hubiera supuesto por allí un pinchazo o una rotura del embrague. Pero claro, eso lo piensas luego.
En España tenemos Cabra Mecánica, pero allí....
no sé yo.

Viendo que una de ellas se nos quedaba mirando fijamente como si nos conociera de toda la vida, nos atrevimos a preguntarle: "-. Excuse me Mrs. Goat, can you tell us where is Neist Point, please?-"
A lo que la cabra respondió en un perfecto inglés: "Baaaaaaaaaaaaaaaaaa"
Esa fué toda la ayuda que nos prestó.


Supimos que íbamos por buen camino gracias a la orografía del terreno, que se correspondía con lo que íbamos viendo en el mapa. Al llegar a la altura de este pequeño lago de nombre desconocido, nos dimos cuenta de que estabamos a punto de llegar a Neist Point.
Si no llega a ser por las gafas de sol, se nos hubieran caido los ojos al suelo de tanto abrirlos para contemplar esta maravilla:



Ya habíamos visto algunas fotos de este lugar en Internet y nos encantó. Y ahora que lo teníamos delante, no podíamos creer que de verdad estuviéramos allí.
Mari Carmen tuvo que pellizcarme varias veces para convencerme de que no estaba soñando.
Que pena no haber tenido un ala delta en ese momento para sobrevolarlo.


Ante el irresistible encanto de parajes como éste, nos convencimos de que por muy pequeños que sean algunos lagos, no tienen nada que envidiar a goliats como el lago Ness o el lago Lomond en lo que a belleza se refiere. Como en otras cuestiones de la vida, la calidad venció ante la cantidad.

Pero no solo nos cautivó el lago. No había más que girar un poco la cabeza para recibir como una amable bofetada el impacto visual de los acantilados de la bahía de Moonen. La expresión de nuestras caras debía parecerse mucho a la del Dr. Alan Grant cuando ve el primer dinosaurio en Parque Jurásico.
Estábamos como en una nube y podría jurar que pocas veces en mi vida me he sentido tan desconectado del mundo.


Un par de millas más adelante, la carretera se termina de repente convirtiéndose en un estrecho sendero que solo se puede recorrer a pie y que conduce hasta el faro de Neist Point. A simple vista, el faro no se ve porque se encuentra detrás de un enorme peñón y para llegar hasta él hay que recorrer un trayecto de 4 kms. ida y vuelta.
Parece que está ahí mismo, pero si os fijais en los dos senderistas de la parte de abajo de la foto, comprobareis las verdaderas dimensiones de esta colosal roca.


Para llegar hasta allí, tuvimos que bajar una empinadísima pendiente no apta para personas con vértigo. Pero tardamos menos de lo que esperábamos en alcanzar el desfiladero. Otra cosa muy distinta fué la vuelta, donde casi echamos el hígado subiendo la dichosa rampa.
En cualquier caso, el esfuerzo merece la pena y hay que hacer este sacrificio si queremos disfrutar de unas vistas increíbles, aunque para fotografíar los acantilados haya que jugarse el tipo reptando hasta el mismo borde del abismo.


En días tan despejados como el que tuvimos la suerte de tener, se pueden ver a lo lejos las Hébridas Exteriores.


Quizá el faro es lo menos interasante de todo lo que alberga Neist Point. Llamán más la atención las curiosas formas que el mar y el paso del tiempo han ido esculpiendo en las rocas, convirtiéndolas en un rompecabezas geológico alucinante.












También nos resultaron muy curiosas las diferentes figuras de piedras amontonadas que había repartidas por todo el litoral, cuyo significado nunca llegamos a averiguar.












Antes de descender a Neist Point, una pareja de viejecitos nos comentó que habían visto delfines saltando muy cerca de las rocas, pero nosotros no vimos niguno.
No nos resulto raro lo de los delfines. Nos sorprendió aún más que los dos ancianos hubieran tenido el arrojo de caminar por aquellas piedras y subir la cuesta!!. Ver para creer.

Nos hubiéramos quedado allí más tiempo mirando aquel inmenso mar azul en busca de algún delfín, pero se acercaba la hora de coger el ferry y tuvimos que emprender el camino de regreso hacia el coche, mientras ambos coincidiamos en que Neist Point era lo más impresionante que habíamos visto en lo que llevábamos de viaje.
Y pensar que estuvimos a punto de perdernos todo esto........


Todavía conmocionados por lo que acabábamos de ver, pusimos rumbo hacia el sur atravesando longitunidalmente la isla de Skye, en un trayecto que duró algo más de hora y media hasta llegar a Armadale, el pequeño puerto de donde salen los ferrys con destino a Mallaig.


Afortunadamente, llegamos puntuales. Incluso nos dió tiempo a tomar un tentempié mientras espérabamos turno para meter los coches en el barco.
No había demasiada cola y embarcamos sin problemas, aunque uno de los encargados nos comentó que en los meses de Julio y Agosto o en fin de semana, coger plaza en un ferry es una auténtica lotería.
Tuvimos suerte y nuestro Megane viajó la mar de cómodo


El trayecto hasta Mallaig duró 35 minutos y nos costó 35 libras incluyendo los dos pasajes y el coche. Un ahorro considerable de tiempo y dinero si tenemos en cuenta la enorme vuelta que hubiéramos tenido que dar para salir de Skye y poner rumbo a Helensburgh, que era donde dormíamos esa noche.

Mientras dejábamos atrás Skye y su siuleta se iba difuminando en el horizonte, tuvimos la ocasión de experimentar un nuevo cambio estacional y rendirnos una vez más ante lo espectacular de los cielos escoceses.













Nunca habíamos visto caer un aguacero de esa magnitud en pleno mar y aunque esquivamos la tormenta por los pelos, sirvió para que nuestro mini-crucero se convirtiera en una de las experiencias más intensas del día.


Tras desembarcar en Mallaig, decidimos hacer una parada 5 millas más adelante para contemplar uno de los lugares más singulares de Escocia: White Sands of Morar.


En este bellísismo lugar situado en la cola del lago Morar, cualquier lógica pierde su sentido. Nos dió la sensación de estar en una playa caribeña rodando un anuncio de Malibú, al caminar por su finísima arena blanca y mirar sus apacibles aguas translúcidas.
Las pequeñas embarcaciones ancladas, aumentaban todavía más esa sensación.


Nos parecía mentira que esas tranquilas aguas formaran parte de Loch Morar, el lago más profundo de toda Escocia con simas de hasta 350 metros.
Al igual que Loch Ness, este lago también tiene una leyenda sobre un habitante submarino llamado Morag. La diferencia es que al encontrarse entre montañas de difícil acceso, no ha tenido el mismo tirón turístico que su rival.
Una lástima, ya que su entorno nos pareció igual de atractivo que Loch Nes precisamente por lo distinto que era.
El contraste entre sus aguas verdeazuladas, las amenazantes nubes negras y los rayos del sol, creaban un caleidoscopio cromático muy difícil de describir.



Como todavía teníamos un poco de hambre, escogimos las embriagadoras orillas de Morar para montarnos un pequeño picnic. Allí estuvimos descansando un rato hasta que el lugar se llenó de gaviotas en busca de rapiña.
No tenían ningún reparo en acercarse a escasos metros de donde estábamos y acabaron siendo tan numerosas, que al final nos obligaron a marcharnos.













Eran casi las seis de la tarde y aún nos encontrábamos a 120 millas de nuestro destino final, así que nos pusimos en marcha con idea de hacer todo el recorrido de un tirón. Las carreteras eran ya bastante más decentes y el viaje se hizo más llevadero.
Volvimos a pasar de nuevo por Fort William y el Ben Nevis , pero sin detenernos. Solo hicimos una parada cerca de un lugar llamado Onich para tomar un cafetito y ya de paso, ver su iglesia.


Eran aproximadamente las siete de la tarde cuando empezó a caer una lluvia fina que coincidió con nuestro paso por Glencoe, una zona muy abrupta y montañosa a la que Charles Dickens describió como "hogar de una raza de gigantes".
En aquellas tierras tuvo lugar la triste masacre del clan McDonald en 1692.


Otro de los atractivos de Glencoe es el valle por donde discurre zigzagueante la carretera, donde la naturaleza se abre paso explotando con toda su furia. Los numerosos torrentes de aguas salvajes y la verticalidad de aquellas cumbres acabaron estremeciéndonos, hasta el punto de que Mari Carmen decidió otorgar a Glencoe el primer premio de belleza paisajísitica.


De esta manera tan sublime, decíamos adiós a las Highlands, las tierras altas de Escocia que tantas emociones nos habían hecho sentir. Seguro que alguna lagrimilla mal disimulada se sumó a los impetuosos arroyos de Glencoe sin que nos diéramos cuenta.


Nada más abandonar Glencoe, dejó de llover y un tímido sol apareció para lanzar destellos sobre el pequeño Loch Tulla.


A partir de aquí, el relive del terreno fue aplanándose y empezaron a desaparecer las verdes montañas, dejando paso a una extensa campiña que fué practicamente constante hasta la llegada a nuestro hotel en Rhu, una pequeña localidad limítrofe con otra más grande llamada Helensburgh.


Eran más o menos las 9 de la noche cuando llegamos, viendo con sorpresa que estaba anocheciendo a un horario lógico. Puede parecer una chorrada, pero se notaba la diferencia de latitud.

En el Rooslea Country Hotel nos estaban esperando. Tenían todos nuestros datos a punto y no es por dar publicidad, pero nos quedamos maravillados ante la eficacia de las reservas hechas a través de booking.com.
En el tema de los alojamientos, todo estaba funcionando como un reloj.

Nada más entrar al hotel, vimos que estaba en obras de remodelación y nos temimos lo peor. Sin embargo nos llevamos una grata sorpresa cuando uno de los botones nos condujo a una habitación ultra-moderna, con unas instalaciones poco menos que de lujo donde disfrutamos de una buena ducha, té con galletas, una excelente pantalla LCD de 40 pulgadas y unas vistas maravillosas a la bahía de Gare Loch.

Hicimos fotos del hotel y de la bahía, pero la tarjeta de memoria se averió echando a perder unas cuantas fotos de Rhu y de nuestra visita del día siguiente al lago Lomond. Solo pudimos recuperar por software algunas de Helensburgh.
Una pena.

Nos fuimos pronto a la cama. Habían sido muchas las millas que recorrimos ese día. Muchas emociones juntas.
Antes de quedarnos dormidos, estuvimos recordando todo lo que habíamos visto y los dos coincidimos en que había sido la mejor jornada de todas, la que más nos había marcado.
Nada podía superar aquello, aunque visto lo visto, cualquiera se atrevía a afirmar algo tan contundente.

Antes de la medianoche, habíamos caido rendidos por el cansancio.

miércoles, 14 de noviembre de 2007

DÍA 7 --- HELENSBURGH - STIRLING - EDIMBURGO



Sin duda, esa fue la noche que más horas dormimos y al ser sábado, las obras que había en el hotel no nos molestaron en absoluto.

Pillamos el comedor abierto por los pelos ya que a las 9 dejan de dar desayunos. Es increíble lo madrugadora que es esta gente.

Por cierto, estupendo hotel y muy buen desayuno escocés.

De vuelta a la habitación y a plena luz del día, pudimos observar mejor las estupendas vistas que teníamos al Gare Loch.



Después de cargar el equipaje en el coche, nos dimos una pequeña vuelta por las instalaciones del Rosslea Country Hotel, cuyos jardines sumamente cuidados invitaban a pasear por muy temprano que fuera. No hay nada mejor para desperezarse que pisar hierba fresca mientras cantan los pajaritos.



Muy cerca del hotel, en el mismo Rhu (que se pronuncia "Row") nos encontramos con una iglesia del siglo XIX, en la que destacaba sobre todo lo demás su soberbia torre del reloj.


Junto a la misma, se hallaba uno de los cementerios más lúgubres e inquietantes que habíamos visto (y habíamos visto unos cuantos).
Con su lápidas torcidas, llenas de musgo y semihundidas en el césped, este pequeño camposanto era realmente estremecedor. Imaginaos como debía ser por la noche. El escenario perfecto para grabar una película de terror.
Solo faltaba la niebla y el Maikel Jackson haciendo posturitas.


Recorrimos en coche las dos millas que nos separaban de Helensburgh, una pequeña ciudad costera que se encontraba muy animada el sábado por la mañana. Se notaba que estábamos en una zona de Escocia más urbana, con muchas tiendas y bastante más densidad de población.


Tras comprar provisiones en un supermercado nos acercamos hasta una oficina postal para cambiar dinero. Teníamos algunos euros en metálico pero ya no nos quedaban libras.
A cambio de nuestros euros y una ínfima comisión, nos dieron billetes escoceses con la inscripción "BANK OF SCOTLAND" . Con esta moneda se puede pagar en cualquier lugar del Reino Unido, aunque ojo!! Ningún banco español querrá cambiaros el dinero, a no ser que se trate de libras esterlinas con la inscripción "BANK OF ENGLAND". Tened esto muy en cuenta si os sobra dinero al regresar a España.

Muy cerca de la oficina de correos, nos topamos con un grupo de señores de avanzada edad que vestían falda y corbata. Entre ellos se econtraba un simpático gaitero que no tuvo objeción en tocar algo para nosotros.
No os podeis hacer idea de lo que llega a emocionar el sonido de una gaita a tan solo dos metros de distancia. Se ponen los pelos de punta.





Agradecimos el detalle al campechano gaitero y quisimos hacernos una foto de recuerdo, a lo que el afable tipo tampoco puso ningún inconveniente.
Gracias por todo Mr. Piper.




A las 11 de la mañana, abandonábamos Helensburgh para dirigirnos hacia Loch Lomond, el lago más grande de toda Gran Bretaña y también el preferido de los escoceses.
Debido a su cercanía a las dos principales ciudades, Glasgow y Edimburgo, los domingueros (que también los hay) acuden allí en masa los fines de semana para pescar y realizar deportes acuáticos.
Todo el perímetro del lago está lleno de vida, especialmente un pequeño pueblo llamado Luss, cuyas calles empedradas son un deleite para los sentidos.
Las casas parecen de cuento y todas ellas sin excepción, están rodeadas de preciosas flores que hacen que el paseo se convierta en una delicia.
De nuevo, sensación de Ibertren en Luss.
Todas las callen confluyen en un pequeño embarcadero de madera, donde nos paramos a tomar una cervecita.

Es una pena que todas las fotos que hicimos de Luss y Loch Lomond se acabaran perdiendo por culpa de la tarjeta de memoria (con los obsoletos carretes esto no hubiera pasado), aunque para haceros una pequeña idea del lugar, podeis pinchar aquí y aquí.


Según avanzaba la mañana, los alrededores de Loch Lomond y el Trossachs National Park se iban llenado de gente y de coches, así que decidimos desmarcarnos de aquella repentina masificación y dirigirnos hacia la ciudad de Stirling con el fin de visitar su impresionante castillo, uno de los más grandes e importantes junto al Edinburgh Castle.


El enclave estratégico del castillo en lo alto de un cerro, es el responsable que se encuentre tan bien conservado. Se dice que quien tenía el control de Stirling, tenía el control de Escocia.
Desde este castillo, el rey Robert The Bruce mantuvo a raya a los invasores ingleses durante la batalla de Bannockburn en 1314 (les hicieron la 13-14, jejeje), tras la que los escoceses consiguieron casi tres siglos de independencia.

La verdad es que el castillo es formidable lo mires por donde lo mires.
Para informarnos mejor sobre su historia, alquilamos unos auriculares que nos iban dando datos de los diferentes emplazamientos y estancias.
Pero ni Mari Carmen ni yo conseguíamos sincronizarnos con los efectos especiales de sonido, así que terminamos viendo el castillo cada uno a su bola.









El interior del castillo se encontraba lleno de gárgolas, pasadizos, túneles secretos y mazmorras que le daban un aire muy misterioso. En uno de los edificios, también había un museo jacobita que albergaba una interesante colección de objetos antiguos.


Durante nuestra visita al Gran Vestíbulo, nos dirigimos hacia el trono real para depositar allí nuestras ilustres posaderas, aunque desistimos enseguida al ver como se acercaba uno de los guardas del castillo. Pensábamos que nos iba a echar la bronca pero en lugar de eso, el hombre se ofreció para hacernos una foto en el trono.
Y no solo eso. Resultó que el tío era un fanático de España y se tiró algo más de veinte minutos charlando con nosotros. La mitad de lo que nos contó ni lo entendimos, pero eso fué lo de menos. Estábamos alucinados con la gentileza de los escoceses.
Si se nos llega a ocurrir lo del trono en un alcázar español, fijo que acabamos esposados en un furgón de la guardia civil.


Salimos realmente maravillados del castillo de Stirling, pero antes de abandonarlo, quisimos inmortalizar la figura de uno de los más admirados héroes de la nación: el gran rey Robert The Bruce.
Fijaos qué cielos hay en Escocia. ¡Qué cielos!


Practicamente pegada al castillo se encuentra la catedral de Stirling, otro de los símbolos arquitectónicos de la ciudad.
Desde donde nos encontrábamos, se apreciaba cierto revuelo en los alrededores de la catedral, de modo que decidimos acercarnos a ver qué narices estaba sucediendo.


En el descenso hacia la catedral, nos encontramos con algunas cosas curiosas como inquientantes cuervos de tamaño considerable, o restaurantes con nombres más o menos sugerentes.











Una vez en la catedral, afloró el paparazzi que llevábamos dentro y nos abrimos paso entre la muchedumbre
para comprobar que era lo que estaba aconteciendo en tan prestigioso lugar.
Cuando lo vimos, tanto Mari Carmen como yo nos quedamos totalmente ojipláticos, si es que existe esa palabra.

Era una boda escocesa en toda regla!!
Los contrayentes.... pues no tanto.



Después del divertido incidente, dimos una pequeña vuelta por las calles de Stirling y acto seguido nos dirigimos hacia uno de los lugares más simbólicos de Escocia.


Estábamos en las mismas tierras que defendió hasta la muerte el gran Mel Gib...estoooooooo..... William Wallace, más conocido en todo el planeta como Braveheart.
Este personaje, es de lejos el más admirado por los escoceses y no es de extrañar que en el año 1869 alguien quisiera levantar este prodigioso monumento en su honor.


El Wallace Monument es una imponente torre de 75 metros de altura, situada en lo alto de una colina. Se encuentra muy cerca de Stirling, en las afueras de la ciudad y hay un pequeño mini-bus que cada cierto intervalo de tiempo sube hasta el recinto de la torre.
Nosotros llegamos a tiempo para ver como perdíamos el último autobús del día, así que nos tuvimos que conformar con ver el monumento desde lejos y compartir un par de sandwiches con la espantosa estatua de William Wallace que hay al pie de la colina.


Nos hizo gracia el descarado parecido con Mel Gibson y coincidimos en que podían haberselo currado un poquito mejor. Lo de "Freedom" no estaba mal, pero esculpir la palabra "Braveheart" en el escudo nos pareció un pelín cutre. Desentonaba con la magia del lugar.


Había llegado la hora de retornar al lugar de donde partimos y dedicar un poco de tiempo a esa maravillosa ciudad llamada Edimburgo.
Pero antes de patearla, quisimos localizar el hotel donde pasaríamos nuestras dos últimas noches en Escocia, para dejar las maletas y asegurarnos de que todo estaba correcto.
No tuvimos problemas en encontrar el Northumberland Hotel al hallarse en una ancha avenida, muy cerca del centro.


Antes de mostrarnos la habitación, la chica que estaba en recepción nos comentó algo sobre una fiesta, pero hablaba tan deprisa que tuvimos algunas dificultades para comprenderla y al principio, entendimos que nos tenían preparada una fiesta de bienvenida o algo así, pero no.
Ella se refería a que esa noche celebraban un cumpleaños en el hotel y que hasta las 12 de la noche habría música a todo volumen. Nos comentó que mandó un mail tres días antes para ponernos al corriente y saber sin tendríamos algún inconveniente con lo de la música.
Lo que la chica no sabía era que ya llevábamos 6 días deambulando por su país, así que le dijimos que no era molestia ninguna.
Joer, y nosotros pensando que la fiesta era en nuestro honor. Menudo fallo de transcripción.
Aunque conociendo la gentileza de los escoceses tampoco nos hubiera extrañado lo más mínimo.

Dejamos las maletas en la habitación sin apenas mirarla. Estábamos ansiosos por ver Edimburgo antes de que anocheciera y no tardamos más de diez minutos en llegar al centro, donde no tuvimos ningún problema para aparcar.
Tras subir un buen montón de escaleras alcanzamos la cima de una de las siete colinas de la ciudad, conocida como Calton Hill.


Fué nuestro primer objetivo, ya que desde allí se divisa todo Edimburgo y es donde mejor se percibe la dimensión y la grandeza de esta hermosísima ciudad. Las vistas a la calle más importante, Princess Street son la mejor carta de presentación que un visitante primerizo puede recibir.


No hay palabras para describir el embrujo de un lugar así. Daba igual donde miraras. Todo parecía sacado de un cuento y no solo por las construcciones. También flotaba en el aire un agradable olor muy característico, como a patata asada y de vez en cuando se oían gaitas a lo lejos.
Era alucinante.
Contemplando una ciudad como esta, es cuando comprendes el motivo por el que la UNESCO ha declarado a Edimburgo Patrimonio de la Humanidad.
Y no creo exagerar si digo que se han quedado cortos.












Bajábamos caminando hacia Princess Street cuando comenzó a llover copiosamente y no tuvimos más remedio que ponernos a resguardo bajo una marquesina. En ese momento nos lamentamos seriamente de haber olvidado los chubasqueros (y los baberos) en el coche.

La cosa no pintaba muy bien, de modo que decidimos correr hasta el coche y regresar al hotel., esperando mejor suerte para el día siguiente.
Aun así, nos dió tiempo a hacer algunas fotos del monumento a Sir Walter Scott

















Una vez en el hotel, pusimos la ropa a secar y nos dedicamos a inspeccionar un poco la habitación.

No estaba mal del todo, aunque las instalaciones del hotel y el pobre aislamiento acústico de las ventanas, dejaban un poco que desear.
Exceptuando el Rosslea Country de Rhu, nos parecieron más acogedores y mejor atendidos los bed & breakfast que los hoteles propiamanete dichos. Y desde luego, mucho más baratos.
Ya lo sabemos para la próxima.



A las 9 y media de la noche, empezó la fiesta en el hotel y pronto sentimos como la música llegaba hasta nuestra habitación con el suficiente volumen para reconocer las canciones, pero sin llegar a molestar mucho.
Ya que no nos habían invitado a la fiesta, nos montamos la nuestra propia en la habitación y terminamos bailando en ropa interior al son de aquellas horteradas de los 70 con espasmódicos movimientos a lo Tony Manero.

A las doce en punto cesó la música y no pasaron más de diez minutos antes de que nos fritos como dos marmotas.